Hay momentos en la vida que quedan grabados en la memoria. No importa cuántos años pasen, solo mencionarlo te devuelve instantáneamente a ese momento del pasado. Esa es la sensación que me produce la pérdida de cada uno de mis abuelos, de mi tía, de una relación importante y el día que me dijeron que tenía cáncer de mama. Me topé con ese bache en el camino hace casi tres años, y aún recuerdo exactamente donde estaba, como me sentí y todo lo que ocurrió durante el resto de ese día.

La noticia fue una gran sorpresa, desde luego. Cuando mi ginecólogo aún podía sentir una masa en mi seno en una visita de seguimiento, me mandó a hacer un ultrasonido pero me tranquilizó al decirme que no debería preocuparme. Por mi edad (30 años), estado de salud (excelente) y antecedentes familiares (inexistentes), era "muy poco probable" que sería cáncer. Pero después de un ultrasonido y una biopsia, resultó ser exactamente eso. Estaba devastada.

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Perdí la calma justo tras colgar el teléfono con el médico quien me dio la noticia. Me instó a tomar medidas cuanto antes pero no podía funcionar ni para llamar a un oncólogo. Tras años de escribir artículos de salud y de animar a mis lectores a ser proactivos y velar por su salud, simplemente no me importaba. Necesitaba tiempo para desmoronarme primero. Nunca me había sentido tan mortal como en ese momento y aún hoy. Estoy muy consciente de que un tumor podría aparecer en cualquier parte dentro de mi cuerpo y posiblemente poner fin a mi vida. Es una forma morbosa de vivir, y no dejo que interrumpa mi vida, pero el miedo aún está allí, debajo de la superficie, esperando para decirme un día: "¿Ves? Te lo dije".

Nunca luché sola. Me abundaban el apoyo y el ánimo de amigos y familiares. Cuando quería esconderme y llorar, tenía más hombros de los que creía necesarios. El día de mi tumorectomía, estaba aterrada pero quería poner una buena cara. Necesitaba fingir que esta era una aventura ridícula y que todo iba a estar bien. Mi método funcionó hasta que dejé a mi mamá y a mi hermana detrás y entré al quirófano arrastrando los pies con un gigante nudo en la garganta. De alguna manera, pude contenerme hasta que me desperté en la sala de recuperación.

Mi tratamiento de seguimiento consistía en 21 días de radiación y actualmente estoy tomando medicamentos por tres años más. Aunque estoy agradecida por no tener que perder mis rizos por la quimioterapia, el tratamiento fue agotador. Me esforcé para no dejar que el cáncer afectara mi vida de ninguna manera y seguía trabajando durante el tratamiento, escribiendo a máquina mis historias con una mano mientras me curaba de la cirugía. Aun cuando mi cuerpo estaba suplicando que descansara  ya que estaba agotado por la radiación, me obligué a hacer listas, lancé mi compañía de papelería que había creado justo antes del diagnóstico, e hice el viaje diario a la clínica cada noche. No quería que el cáncer ganara.

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Años después, un psicólogo me dijo que no había procesado la batalla de forma correcta, a lo que le respondí: "Perdóname, pero qué exactamente es la forma correcta de procesar el cáncer?".

El asunto es que no hay una "forma correcta" de sobrellevar todo esto. Todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. Durante toda esta experiencia--aun el día que me dieron el diagnóstico--yo era un desastre de lágrimas y de risa. ¡Sí, risa! Necesitaba bromear durante todo esto porque solo el concepto de que yo podía tener cáncer a tan temprana edad era algo que jamás podría comprender. ¿Me hubiera quedado en cama llorando todo el día o tenía mejores cosas que hacer?

Traté de seguir adelante. A veces me olvido y cuento mi historia a alguien nuevo de forma demasiado a la ligera como si no fuera gran cosa. Entonces es posible que no lo había procesado "correctamente" o que quizá necesitaba esa actitud para protegerme. Pero la verdad es que me afectó muy a fondo. No importa lo mucho que trato de distanciarme del cáncer de mama, nunca se va completamente. Cuando leo una historia sobre alguien quien perdió su batalla con el cáncer, me da esa sensación tan familiar en el estómago y pienso: "Algún día, me podría pasar a mí".